Todo lo escrito es propio, personal e instransferible. Sólo el hecho de compartir mis pensamientos y experiencias, con todos vosotros, amigos, ya es satisfacción suficiente. Gracias a todos por vuestras visitas y comentarios.
Muy pocas veces valoramos el silencio, porque esa calma, ese vacío, nos asusta. Al principio creía que era el mismo infierno, pero como dijo Nietzsche: “un árbol no puede llegar hasta el cielo si sus raíces no bajan hasta el infierno”. Tenía miedo a despojarme de esa concepción que año tras año se me había grabado a fuego, de esa personalidad que el entorno y las circunstancias te forjan. Pero gracias a ese silencio, a vivirlo, a sentirlo y hacerlo parte de mí pude encontrar la calma, la paz de vivir con la verdad, esa verdad de ser un alma libre que puede volar cuando y donde quiere, sin ataduras, sin miedo.
Dicen que el peor miedo de un escritor es enfrentarse a una página en blanco. Las ideas fluyen constantemente, van de neurona en neurona, aunque no siempre somos capaces de impregnarlas en el papel. El problema no es la imaginación, es la creatividad, y esta se fundamenta en la realidad. Son los cimientos, la base, el fundamento. Para crear hay que palpar la creación, admirarla, vivirla y sentirse parte de ese todo llamado universo. ¿Cómo vas a escribir sobre los que no has vivido? ¿Cómo vas a utilizar la palabra amor, odio, risa, danza, alegría, tristeza, … si no has profundizado en su contenido? La lucha no está en el papel en blanco, sino la página sin escribir de tu propia vida.
Mucha gente tiene pánico a la soledad porque en realidad no se conocen. Hay muchos momentos en los que nuestra alma nos invita a estar solos, con nosotros mismos. Es en ese momento cuando te liberas de todas las máscara sociales, de todo prejuicio, de todo condiconamiento, simplemente eres, y por este motivo tu soledad es tu verdad. Sólo puedes conocerte realmente en tu soledad. Con esto no quiero decir que te vayas a un monte sólo a meditar. Hay que diferenciar entre aislamiento y soledad. La primera es perjudicial, la segunda una bendición. Y cuando te conoces y te aceptas a ti mismo, se hace la luz y surge el amor, el amor hacia ti mims@. Sólo entonces rebosarás amor y no irás pidiéndolo como un mendigo.
Me preguntaba India en relación con mi post anterior cómo es posible dejar de lado los sueños y vivir el presente. La única posibilidad es volverse más consciente y para ello es preciso darse cuenta de que todos los problemas que nos surgen son creados por nuestra mente. Ésta la utilizamos tanto que se vuelve completamente loca. Para demostrarlo os propongo el siguiente ejercicio. Coged un papel y un boli, encerraos en un sitio donde nadie pueda molestaros y escribid durante varios minutos lo que pasa por vuestra mente. Una vez acabéis, leerlo y destruir el papel. Es ella quien nos crea los sueños, las esperanzas, los deseos. Pero no es más que un gran biordenador, neuronas conectadas en última instancia. En este sentido resulta fundamental para trabajar, pero jamás nos va ayudar a ser feliz, a encontrarnos alegres, en definitiva a vivir plenamente y ser nosotros mismos. Es imposible que la mente viva en el presente, por eso regresamos a nuestro pasado, nos dejamos condicionar por él. Tanto es así que Milan Kundera escribió en El Libro de la risa y el olvido:“La gente grita que quiere crear un futuro mejor, pero eso no es verdad, el futuro es un vacío indiferente que no le interesa a nadie, mientras que el pasado está lleno de vida y su rostro nos excita, nos irrita, nos ofende y por eso queremos destruirlo o retocarlo. Los hombres quieren ser dueños del futuro sólo para poder cambiar el pasado. Luchan por entrar al laboratorio en el que se retocan las fotografías y se reescriben las biografías y la historia. "
Es necesario adoptar una actitud contemplativa, de observador de la mente. Ella no es existencial, nos crea un mundo irreal, es por este motivo que puedes liberarte de ella porque en el fondo no existe. Sin embargo, lo que sí que es real es tu libertad (y la responsabilidad que conlleva). Si eliges libertad y caminas por su sendero, a veces arduo, ya no eres esclavo de tu mente, ya no puede condicionarte nada ni nadie. Ahora bien, hay que ser valiente. Si dependes de metas y objetivos estás contento cuando los cumples pero nuestra mente siempre piensa en términos de pasado y futuro, por lo que enseguida se te marcan otros. Pero esta felicidad no puede durar mucho. Sin sueños es sencillo porque no dependes de nada para ser feliz, únicamente estás bien contigo mismo a cada instante, en paz. Si en tu camino no superas un obstáculo, no pasa absolutamente nada, simplemente no has podido y has aprendido con ello, con la ventaja añadida de que sigues siendo tú, y no vives en ilusiones, en la falsa realidad que tu mente te impone. Así que bajo mi punto de vista, y sé de sobras que habrá controversia al respecto, hay que renunciar a los sueños, pero esta renuncia no es en vano, puesto que cambias el vivir en tus sueños por hacerlo de verdad, de forma consciente y sin ningún tipo de ataduras, sin angustia.
Para acabar una anécdota del conquistador Alejandro Magno. En los últimos momentos de su vida, ya muy enfermo con con casi todo el mundo conquistado, regresaba a casa en barco. No obstante su situación era muy crítica y los médicos le dijeron que no llegaría a tiempo a su ciudad natal. Esto fue una noticia muy dura para él, puesto que le prometió a su madre que cuando conquistara el mundo se postraría a sus pies y se lo ofrecería en su totalidad. Finalmente, murió de camino a casa, y cómo último deseo dijo a sus médicos que por favor en su ataúd le dejasen con las manos abiertas. Alejandro Magno se dio cuenta en el último instante de su vida que no había vivido a pesar de cumplir su sueño de conquistar el mundo. Por eso quiso enseñar a los demás que nacemos sin tener nada y morimos también con las manos vacías.
- Es que creo que valoras demasiado la inteligencia. - Cuesta encontrar a gente inteligente. Por eso le doy importancia. - Ya, pero no todo es mundo es inteligente, unos son más listos y otros menos. Además conozco a gente más inteligente que tú y yo juntos, y además son muy humildes. -Pues me alegro mucho por ellos, pero creo que tenemos una definición o concepto diferente acerca de la inteligencia. ...
Esta es una conversación que tuve hace poco con una amiga. Ella tiene razón cuando afirma que valoro mucho la inteligencia. ¿Y quién no? La verdad es que al profundizar un poco más con ella me dí cuenta de que hablábamos de cosas totalmente diferentes, o cuanto menos muy alejadas. Para intentar arrojar un poco de luz en todo esto, os explicaré brevemente cuál ha sido la evolución de mi respecto a esta palabra.
Al principio pensaba que se basaba en únicamente en el coeficiente intelectual, medido por los a mi juicio erróneamente denominados 'test de inteligencia'. Tenía 14 años. La intelectualidad o la capacidad de memorizar y retener conceptos en nuestra memoria no es inteligencia, todos esos conocimientos son prestados. Eso ya lo hacen los ordenadores y todos estamos de acuerdo en que no son para nada inteligentes. Con el paso del tiempo, me percaté de que tenía que haber otro componente más, que el puzzle no estaba todavía resuelto. De ahí que creyera que la inteligencia emocional es la pieza que le faltaba a mi rompecabezas. Explicaba muchas cosas y ampliaba mis horizontes hacia el mundo de las emociones, sobretodo a apartarlas, a no dejar dominarme por ellas. Fue hace poco cuando comprendí que esta lucha era infructuosa, baldía y para nada me satisfacía en ningún aspecto. Quizás conseguía disimular mi tristeza, distraer la mente con otra cosa para que no pensará en ello y así poder realizar mis actividades cotidianas. La represión y el congelar las emociones nunca debería ser un camino. La razón principal es que al dormir o calmar todo ese cumulo de sentimientos puede que algún día despierten, vuelvan a florecer como la mala hierba cuando se arranca. Además van cubriendo de capas de suciedad nuestro interior. Esto es lo que me sucedió. Pero finalmente conseguí ordenar el rompecabezas, hallar sentido a todo esto. Para mí, la inteligencia es intrínseca a la naturaleza (humana). Al observar a la naturaleza sin prejuicios, con ojos nuevos o renovados, te das cuenta de que los árboles son inteligentes a su manera, los animales también, las flores, etc. Es algo que todos llevamos dentro, inherente a nuestra naturaleza. Entonces, ¿por qué hay gente que a priori no parece inteligente? Pues la respuesta es muy sencilla: el miedo. Más concretamente, miedo a nosotros mismos y a cometer errores pasados, o preocuparnos por un futuro incierto y que no conocemos. Des de pequeños se nos ha ido inutilizando en este sentido. La sociedad nos obliga a estar preocupados por nuestro futuro, lo que nos impulsa a buscar seguridad y a recurrir a la memoria porque gracias a esta podemos solucionar muchos de nuestros problemas. Sin tu pasado, sin tu futuro, sin condicionamientos sociales, únicamente estás tú y tu presente. Por eso alguien inteligente para mí es aquel que es consciente de su propio ser, que es capaz de ser el director de su mente, que vive en el presente, que no reacciona sino que responde, que comprende, que tiene fe en sí mismo, en definitiva, alguien que sigue el curso natural de su ser.
El vídeo corresponde a la película "El indomable Will Hunting", del director Gus Van Sant
No hace mucho tuve una amistosa discusión con unos amigos sobre si la gente, pasada una determinada edad, puede cambiar. Me limitaré a dar mi opinión, a sabiendas que puedo equivocarme. Mi premisa es que nadie cambia, al menos en lo esencial, a no ser que padezca una circunstancia extrema o muy traumática. Podemos conseguir empezar algún buen hábito, o crearnos más vicios de los que tenemos, pero independientemente seguiremos comportándonos y pensando de la misma forma, es decir, nuestra personalidad, para bien o para mal permanece intacta, inmutable al paso del tiempo. Por ejemplo, alguien que siempre ha sido un egoísta o egocéntrico, lo seguirá siendo durante toda su vida.
En ocasiones creemos que cambiar, evolucionar, supone un esfuerzo y un tiempo que muchas veces no nos aporta nada más que quebraderos de cabeza. Este argumento viene reforzado por el hecho de que los demás deben querernos tal y como somos, con nuestros defectos y nuestras virtudes. Alguien debería explicarles, claro, que la capacidad de la que dispone otra persona para aguantar nuestras histerias, manías, gritos, sollozos, desplantes, no es ni mucho menos infinita. O dicho de otro modo, todo tiene un límite. Peor aún resulta cuando creen que no están haciendo ningún mal, ni a los demás ni a ellos mismos. Aquí ya no hay margen de mejora, por desgracia. Además, de nada sirven las palabras voy a cambiar, ni si quiera un pequeño intento o esfuerzo aislados en el tiempo y en el espacio. Creo que este es el único aspecto en el que el viento no sólo se lleva las palabras, sino también los gestos. Pero iré más allá, da igual que se reconozca el error, porque este nos perseguirá hasta el fin de nuestros días.
Somos capaces de cometer el mismo error más de tres veces, pero necesitaríamos más de tres vidas para tener la fuerza de voluntad para enmendarlo. ¡Lástima que sólo dispongamos de una! Ojalá fuera diferente, pero todavía no he conocido a nadie que lo haya conseguido.
al trabajo, a tu sonrisa, a mis miedos, a tus desaires, a mis dudas, a tus preguntas, a mi soledad, a tus abrazos, a mis silencios, a tu voz, a mis ironías, a tu franqueza, a mis alegrías, a tus desdichas, a mi pasado, a tu presente a mi confianza, a tu indecisión.
Pero sobretodo a que me pierdas, a que me encuentres y a que me vuelvas a perder.
“La amistad dobla tus alegrías y divide tus penas”, reza el papel que lleva en la frente la mujer de la imagen. Pero, ¿qué sucede cuando la premisa es la inversa, y dobla nuestras penas y divide nuestras alegrías?
Toda relación implica sufrimiento, pero este dolor tiene como fin fortalecer la amistad, aunque a priori la debilite o la haga tambalearse. Son ya demasiadas decepciones y mucho dolor que no llega a ninguna parte. La amistad hay que cultivarla, cuidarla y sacrificarse por sacarla adelante. Esto es un proceso bidireccional que necesita de ambas partes para llevarse a cabo.
Últimamente no paro de darle vueltas a por qué hay gente que se empeña en hablar de amistad cuando únicamente tienen por ofrecer mentiras, falsas sonrisas y sufrimiento gratuito sin sentido. No me sirven fútiles palabras que no toman forma y cuyo único propósito son avivar la llama de la duda y el desánimo.
No obstante, este tipo de gente no son más que una página a arrancar del libro que conforma nuestra vida, sin rabia, sin rencor, pero con la tranquilidad de saber que no vale la pena y de sentirnos libres, felices.
La definición de hipocresía según la Real Academia Española:
Fingimiento de cualidades o sentimientos contrarios a los que verdaderamente se tienen o experimentan.
Ciñéndonos estrictamente a las palabras de la RAE la mayoría, en mayor o menor medida, hemos sido, somos o seremos unos hipócritas. Pero tanto o más que las conclusiones me interesan las causas. ¿Por qué actuamos o nos comportamos de forma hipócrita? Deben de existir unos patrones o estándares que rijan esta conducta, pero ¿cuáles?
Estos son mis razonamientos, quizás me equivoque, pero asumo el riesgo a hacerlo porque así lo creo, así los siento y así lo he vivido:
En primer lugar está la visión materialista del asunto. Esa persona tiene o me puede proporcionar algo que necesito, luego le sonrío y la trato como a un amig@ hasta conseguir lo que busco. En ocasiones sigue la farsa y en otras una vez obtenido lo deseado, c'est fini.
Otro aspecto más complicado surge al entrar en el terreno de los sentimientos. Y es que ¿quién no ha negado alguna vez estar enamorado de alguien cuando en realidad sentimos lo contrario? O ¿quien no ha soslayado con una sonrisa un comentario ofensivo cuando en el fondo nos ha dejado hecho pedazos?
Pero ya no me duelen los hipócritas, más bien los compadezco. Lo más gracioso es que al final acaban preguntándose porque se han quedado solos.
¿Qué te gustaría hacer antes de morir? Tienes que saber la respuesta a esa pregunta. Si fueras a morir ahora, ¿cómo te sentirías respecto a tu vida?
Me costó una noche y dos semanas encontrar la respuesta a esta pregunta.
Antes de morir me gustaría agradecer a mi familia la oportunidad que me ha dado de existir, en especial a mi madre, por amar mis defectos y soportarme más que nadie con una paciencia infinita e inagotable.
Decir a mis amigos, los de verdad, los que comparten mis días, lo bien que me siento a su lado. Porque son ellos los me hacen reír, llorar, sufrir, los que me hacen mejorar como persona y los que me ayudan a levantarme cuando caigo sin exigir nada a cambio.
También pedir perdón a todos aquellos que he ofendido o incluso he hecho llorar. De verdad, lo siento de corazón.
Volver a embriagarme de ti, sentir que formamos un sólo ser, que nuestras almas se funden en una, canalizando nuestro deseo y persiguiendo un único fin hasta sentir un efímero infinito.
Ser totalmente independiente, aunque sea un instante.
Tener un conversación “cordial” con aquellos que me hicieron sentirme un mierda, para darles las gracias por haberme mostrado como no debe comportarse un ser humano.
Si fuera a morir ahora tendría la sensación de que me queda una gran cantidad de cosas por hacer, un montón de palabras que decir, de sueños que cumplir, de corazones que llenar.
Hacía tiempo que no sentía, al menos no hasta el punto de que me nublase el pensamiento y penetrara el enorme muro de hierro que rodea mi corazón. Verte allí, tan indefensa, inocente y autentica me hizo revivir sentimientos humanos, reales, que ya creía olvidados.
Observar cómo comías, reías, llorabas fue algo fantástico que me ayudó a darme cuenta de que me queda mucho por aprender en esta vida. Sobretodo que a veces es necesario abandonar lo racional para simplemente dejarse llevar y sentir.
“La verdad se corrompe tanto con la mentira como con el silencio.” Marco Tulio Cicerón
¿Por qué nos cuesta tanto hablar de forma sincera y abierta de cualquier cosa importante, especialmente de nuestros sentimientos? Muchas veces tenemos la necesidad de compartir aquello que sentimos, aunque precisamente lo que sentimos no sea compartido. Pero en el momento preciso se nubla nuestro pensamiento y acabamos echándolo todo a perder, pensando que la vida nos brindará mañana otra oportunidad. A veces por miedo, por cobardía o por las consecuencias que puedan acarrear mis palabras, hablo con la almohada a modo de burdo consuelo. Creerme, no sirve de nada (hacerlo acompañado de un buen whisky tampoco, a pesar de que sea más llevadero). Soy capaz de sincerarme en casi todo y con todos, menos con lo que respecta a mis sentimientos. No me gusta decir la verdad acerca de ellos. El motivo no es que me hagan vulnerable, sino que en este aspecto me he acostumbrado a apostar sobre seguro. Por eso callo.
He llegado a la conclusión que la verdad debe ser la máxima prioridad en todos los aspectos, aunque duela, a pesar de que sus consecuencias nos taladre el corazón y las heridas no cicatricen jamás. La mentira y el (auto)engaño, nos guste o no son la base de nuestra sociedad, y tengo la sensación que quién mejor tergiversa la realidad son nuestras personas más allegadas; padres, pareja y amigos. Y a estas alturas de mi vida me pregunto, ¿a alguien le importa si yo deseo conocer la verdad o maquillar la realidad para quizás sentirme un poco mejor? Creo que es de justicia que me dejéis escoger a mí, y sólo espero que todos seamos un poco más valientes.
Resulta que a diario llegan a nuestras costas pateras cargadas con hombres, mujeres embarazadas y niños, muchos de los cuales muren al intentar cumplir un sueño: vivir dignamente. Siempre me ha condicionado mucho la desigualdad social. Nunca he entendido (y creo que jamás lo lograré) porque hay gente que posee hasta una isla privada, mientras que otros no tienen absolutamente nada. Richard Dawkins en su libro “El gen egoísta” sostiene la tesis que nuestro cuerpo no es más que una máquina de supervivencia controlada por nuestros genes, cuyo único objetivo es la conservación de los mismos a través de la supervivencia y reproducción de la especie. Por otro lado, también defiende que el altruismo o ayuda desinteresada al prójimo no viene determinada por nuestros genes (por suerte), sino que influyen otros factores que dependen de la propia persona.
Bajo mi punto de vista somos seres egoístas que buscan en primer lugar, el bien propio, y después si sobra tiempo y ganas el ajeno. Por todo es sabido que el negocio más rentable en el mundo es el tráfico de armas, tema que por cierto trata Andrew Niccol en su película El Señor de la Guerra. A modo de curiosidad, el AK-47 o Kalashnikov es el arma bélica más utilizada, y por ende la más vendida. A pesar del amor, la fe y la lealtad inquebrantable que profesan algunos a nuestro país, según una noticia publicada el 6/8/08 en www.elpais.com España bate su récord en venta de armamento y supera los 900 millones de euros. En definitiva sólo importa el dinero, y desgraciadamente en estos tiempos de crisis que nos acechan aún más. Entiendo que la gente esté preocupada por el dinero, puesto que éste no cae del cielo y de algo hay que vivir. Por otro lado, a muchos nos llega de sobras para nuestras necesidades básicas, aunque me retracto de la afirmación anterior si queremos un buen coche, ropa de calidad o un apartamento en la costa. En ocasiones me planteo si no estaremos pagando un alto por nuestra felicidad.
Me vienen a la mente imágenes de algunos años atrás como la manifestación en contra de la guerra de Irak pidiendo paz en el suroeste asiático. Me pareció un gesto oficialmente inútil dado que el gobierno acabó desoyendo la voz del pueblo, pero humanamente interesante. Ahora bien, ¿por qué no nos manifestamos por una situación tan desagradable y cruel como el tráfico de armas o el tema de las pateras? Sólo se me ocurre un único motivo. Lo de Irak no fue una cuestión social sino política. No obstante, a ver si tengo suerte y en las vísperas de las próximas elecciones puedo volver a Plaza Catalunya en plan reivindicativo.
Voy a narraros o describiros mi primera experiencia seria e individual con un vagabundo de mi barrio. Mi objetivo inicial era el de intentar invitarle a un bocadillo y a una bebida, y de paso que me explicara el porqué de su situación. Soy bastante tímido en general, así que me costó mucho acercarme y sentarme en el mismo banco (tal y como se muestra en la foto, yo me coloqué a la izquierda).
Me asaltaban muchísimas dudas tales cómo ¿y ahora que le digo? ¿pensará que actúo por un sentimiento de lástima y me dará de largas? Al final me armé de valor y le pregunté su nombre. No me contestó. Le pregunto su edad y me dice que no se acuerda. Fueron sus únicas palabras. Aprovechando que tenía un periódico en la mano, le animo a que comentemos juntos la noticia de la portada. Pero nada de nada. Se muestra esquivo, reacio, ignorándome como si yo no formara parte de su mundo. Él, impasible, observa a la gente ir y venir. Despreocupado de todo y de todos, se limita a observar lo que le rodea cual sujeto pasivo. No obstante sigo preguntándole sobre el tiempo, pues hacía mucho calor, pero ahora me da la espalda, quizás como el mundo o Dios se la haya dado a él. Camina siempre junto con un carro de la compra lleno de sus pertenencias. Es todo lo que tiene, aunque puede que no necesite más. Dubitativo, me pregunto si el infeliz y el que no aprecia lo que tiene seré yo. No logro comprenderle, dado que nunca he estado en su situación.
La gente pasa y ni le mira. O dicho de otro modo, se sorprenden de mis infructuosos intentos por conversar con él. Todos somos alguien, tenemos un nombre, un pasado y la amistad y la bondad no entienden de pobreza o de riqueza. Como decía el escritor William Blake: “la piedad no existiría si no hiciéramos a nadie pobre”.
Siempre me ha llamado la atención la frivolidad al narrar una tragedia en las noticias (se han perdido "x" vidasen un atentado o guerra…) o peor aún, nuestra impasividad ante tal acontecimiento curiosos en el sofá de casa por conocer la siguiente noticia. Que más da, si sólo son vidas.
Consciente de que lo único que no ha perdido todavía es su libertad, y entendiendo que mi presencia le incomoda, desaparezco para volver a casa triste reflexionando sobre lo ocurrido.
Todo lo escrito es propio, personal e instransferible. Sólo el hecho de compartir mis pensamientos y experiencias con todos vosotros, amigos, ya es satisfacción suficiente. Gracias a todos por vuestras visitas y comentarios.